miércoles, 11 de enero de 2012

Freno al crimen

La pérdida de valores, la poca conciencia de seguridad, sumado a la falta de respeto hacia nuestras autoridades –más aun cuando representan a la ley– nos muestran el camino de descontrol en el que andamos; toda vez que, si queremos un verdadero desarrollo, para que siga creciendo la economía, y tener mayores inversiones, se requiere de una seguridad totalmente plena, con una paz social que garantice la seguridad de la población, sin el temor de saber cómo avanza vertiginosamente la ola delincuencial, a tales extremos que se corre el riesgo de que un policía sufra el arrebato de su arma de reglamento y sea disparado sin miramiento alguno.
En qué cabeza puede caber que, por el simple hecho de una intervención a una persona conduciendo un vehículo en estado de ebriedad, lo que –a fin de cuentas– representa una sanción pecuniaria y administrativa, sea la causa para que el o la intervenida arrebaten el arma al efectivo policial y luego le disparen a quemarropa. Entonces, conjeturemos: si el motivo de la detención fuese un hecho más grave; de qué sería capaz esta persona, a quien –simplemente– se le pretende hacer cumplir la ley.
Existe otro hecho que llama poderosamente la atención, nos referimos a la osadía de los delincuentes de ingresar a una comisaría y asesinar a los policías que están cumpliendo sus funciones y llevarse sus armas y municiones, sean las razones que fuesen. Quizá nos están dando una señal de peligrosidad y la predisposición que se viene adoptando, pues observamos que no tienen límites para lograr sus objetivos; ahora bien, si tomamos en cuenta la otra hipótesis que podría ser la venganza por la muerte de un delincuente a manos de los policías que intervinieron y recuperaron algunas armas que meses antes se apoderaron de otra unidad policial, entonces, cómo interpretamos que los policías están advertidos de no intervenir a los delincuentes, porque –de lo contrario– tomarán represalias y actuarán de manera similar a este lamentable suceso.
Todos somos conscientes de que, día a día, los delincuentes se tornan más desafiantes y peligrosos, actuando con mayor ferocidad; y, mientras tanto, contamos con un Estado totalmente complacientemente contra la delincuencia en todos sus aspectos. Pareciera que hubiéramos entrado a un estado de letargo, hasta el momento la Comisión conformada por el Congreso para ver este tema, no ha dictado normas que brinden los resultados que esperábamos; dónde están las mejoras y modificaciones de las leyes; cómo es posible que, pese al tiempo trascurrido, no haya resultados satisfactorios, a sabiendas que las leyes actuales son más beneficiosas para los delincuentes que para aquellos que se encargan de velar por su cumplimiento; es más fácil que un policía sea denunciado, enjuiciado y detenido por cumplir su deber, antes que un delincuente, que –con la gracia y benevolencia de algunos jueces– entra y sale de la cárcel como “Pedro en su casa”.
En consecuencia, ¿cómo enfrentar estas nuevas tendencias delictivas? Posiblemente con el compromiso que todos debemos adoptar desde la más alta autoridad hasta el ciudadano común y corriente; asimismo, todos tenemos que tomar conciencia de la gran importancia de la seguridad y lo que ésta representa en la vida de cada uno de nosotros. En tal sentido, debemos avanzar con un mismo objetivo; además, las normas deberían ser claras, sin vacío alguno y en beneficio de la sociedad. Las leyes jamás deberían beneficiar a los delincuentes, sino deben proteger a la sociedad en su conjunto; y aquel que incumple dichas normas debe de ser castigado, drástica y ejemplarmente, con todo el peso de la ley.

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